
La violencia contra la mujer en diferentes estratos de la sociedad ha
tomado un cariz inusitado. En medio de campañas y promociones para
terminar con este flagelo, siguen los hechos de violencia física,
contenidos entre el acendrado machismo y un vulgar desprecio por la
dignidad femenina. Aún sin contar con las cifras oficiales de mujeres
mutiladas o golpeadas, todos los días se escuchan de manera oral las
anécdotas sobre sucesos tan lamentables de la Cuba contemporánea.
No hay una prensa realista y objetiva que recepciones y devuelva estos
eventos de manera crítica, el sondeo social al asunto queda sin pies
ni manos. De todos modos, quedan en la memoria colectiva y el
imaginario social aquellos testimonios más deleznables. En los últimos
tres meses, un pequeño pueblo de provincia como San Germán, se ha
visto envuelto en cuatro hechos de sangre contra mujeres (que no cito
con nombres por respeto a las víctimas), todos por motivos pasionales.
Golpes en la cara y los senos, puñaladas, machetazos, heridas
sicológicas que nunca sanarán del todo.
En la actualidad, las agresiones físicas contra la mujer van desde el
empujón o el puñetazo en la soledad del hogar o la vía pública, armas
de fuego u objetos cortantes o punzantes como cuchillos y punzones.
Los motivos son pasionales casi siempre, supuestas traiciones,
reclamación de más acompañamiento y, sólo en contados casos, se ha
visto una respuesta a la inversa. Cada vez menos féminas atacan a sus
castigadores, como era común en décadas pasadas, a saber:
envenenamiento, muerte por fuego y heridas con objetos cortantes.
Detrás de las palabras bonitas en la radio y la TV tiene que venir una
acción urgente, pero que sea portadora de una verdadera intención de
sanar. La mujer cubana ha sido expuesta a un ambiente verbal de
violencia como nunca antes. Su condicionado protagonismo en las más
recientes contiendas bélicas, así como su participación en las
encarnizadas batallas de improperios contra los diferentes, la han
hecho diferente: pero también excluida. Años de coexistencia en
campamentos agrícolas o de la construcción, conviviendo con hombres
bajo el supuesto de que tienen los mismos deberes y derechos, lejos de
hacerla “igual” la han hecho diferente, pero de forma negativa. Cuando
las palabras no bastan, hay que saber que una campaña tampoco. De la
frialdad de los discursos debiéramos pasar a la ardentía de los
hechos. Auroras del más dulce amor, su delicadeza pudiera estar en
extinción muy pronto, y seremos nosotros, los impasibles, los únicos
culpables











