Escuché por la radio de Miami la lectura de un artículo del escritor cubano Eduardo del Llano, era una perfecta sonata defendiendo el derecho a huelga de los trabajadores cubanos y hasta de los opositores, “¿Por qué no?”, se preguntaba Del Llano. Me encandiló la prosa ligera y fresca del excelente humorista y tuve ganas de releerlo, de tener en mi lap top (sin conexión a internet por supuesto) aquellas palabras contundentes para ripostarle sobre dos frases que no me sonaron bien, pero quería felicitarlo igualmente. Envié a un amigo a que bajara, esquivando a los ciberdelatores, el escrito mencionado, pero me llamó desde su provincia con una noticia fatal. Había problemas de conexión. ‘Ese blog no tiene acceso desde mi centro laboral’ aseguró.
Cuando intenté hacerlo por mi cuenta una pestaña en azul marino me decía: “Internet Explorer no puede mostrar la página Web”, e inmediatamente otro letrero me sugería de manera amable: “Puede intentar lo siguiente: Diagnosticar problemas de conexión”, y así hasta el infinito porque cada vez me asusta como los muertos y aparecidos de mi infancia aquel letrero que sale para algunas páginas y nombres, como un arma filosa de los ciberpolicías cubanos: “Internet Explorer no puede mostrar la página Web” o “Está usando una versión muy lenta de Fire Fox, pruebe con una más actualizada”.
Y juro que lo hubiera intentado de no ser que por 6.00 CUC o 150.00 pesos cubanos solo me permiten meterme sesenta minutos en la red de redes.
Hace poco mi tío me preguntó si Facebook era una epidemia inventada por los yanquis y me dieron ganas de reír, pero no me quise perder el café de las mañanas y le pregunté a qué venía eso. Según él había leído en un diario cubano un montón de injurias contra “ese tal Facebook”. No pude reír además, porque no soy un masoquista, porque, lo admito, a veces no soy tan buen cubano como dicen los manuales para reírme de mis propias desgracias.
Un amigo de la universidad que ahora trabaja en un semanario provincial se quejaba hace algún tiempo de haber perdido su contacto con otros amigos en Facebook. Sus jefes ideológicos en La Habana habían prohibido el uso de esta herramienta a los profesionales de la prensa oficial. Según él no tenía cómo ripostar ataques que le hacían al sistema de salud en su localidad y el país en general. Cuando reclamó le respondieron que era una orientación desde arriba, sugiriéndole nombres como Ramiro Valdés, José Ramón Machado Ventura, Rolando Alfonso Borges o vaya usted a saber cuál capo de la información en el Comité Central se agenciaba tal restricción.
Hace meses que perdí mis amigos en Facebook, que no los puedo seguir desde un cibercafé con la ocasional tarjeta de Internet que me regalan otros internautas o turistas solidarios. Dejé de poner las imágenes de la Cuba que el régimen me permite retratar y aquellas doscientas palabras con que lanzaba gritos y retortijones de un loco desde su isla-cárcel.
En twitter y con las modestas recargas que me han puesto los amigos he podido rumiar unos caracteres cada rato.






