Por la primera jornada de mi blog Exilda, mi esposa, me regaló este post que forma parte de varios articulos de ella no publicados aun.
Acabo de saborear por estos días un gusto y cierto resquemor a la vez la segunda entrega de la serie Antología de Caminos, esta vez se trata de ‘Raza y racismo’. Es una compilación que los editores de la revista Caminos, adscrita al Centro ‘Martin Luther King Jr’ prepararon con fines de ahondar en la problemática racial del momento en Cuba, una moda que no sabemos cuándo irá a parar.
La antología aparece cuando se ha convocado en Cuba a la celebración del Centenario del Partido Independiente del Color, fundado por Evaristo Estenoz y Pedro Ivonet en la primera década del siglo XX. En la antología de marras hay un texto que me ha parecido tendencioso y quisiera apuntar algunas cuestiones.
En el trabajo ‘Identidad racial de gentes sin historia’, de Yesenia Selier y Penélope Hernández se toma por sentado que nosotros, negros y mestizos de esta tierra tenemos una visión negativa y conflictiva de nosotros mismos, que históricamente hemos sido olvidados y marginados, pero que gracias a “la revolución del 59” logramos incluirnos social y políticamente.
Aparece otra vez así, un centro como el ‘Martin Luther Kin Jr.’ Que se encarga de promocionar el espíritu mesiánico del programa castrista para la nación cubana. Resulta que Fidel Castro y sus barbudos bajados de la Sierra Maestra han sido los que nos vinieron a salvar de la ignominia del racismo. Esto conforma ese plan que los teóricos del socialismo tropical amansan para la posteridad y buscar adeptos actuales.
Desde la óptica personal puedo dar testimonio de mis abuelos Oscar e Iris, inmigrantes caribeños de Antigua-Barbuda y Jamaica, respectivamente. Una mulata y un negro que vinieron en busca de fortuna o prosperidad y encontraron el amor, hicieron familia de cinco hijos y ayudaron a cimentar este pequeño pueblo: San Germán, perdido en la enmarañada geografía oriental cubana.
Su amor al trabajo, la pertenencia a una raza con patrones de peinado, bailes y maneras de comportarse hicieron de ellos personas respetables, también porque respetaban a los demás en una sociedad como la cubana de la primera mitad del siglo XX. Sus descendientes aprendimos que ser negro no es un lastre, un error y sí un orgullo. Ser negro se acompaña de una cadencia al caminar, al gesticular, un modo particular de preparar comidas y una manera distinta de llevar la historia de nuestros antepasados: los que atravesaron el peor crimen de la humanidad que fue la esclavitud. Eso no nos hace mejores que otros, pero nos hace distintos, y a mí, una mujer negra del siglo XXI, me supone una responsabilidad que llevo con total dignidad.
Los planos referenciales en los que se apoyan algunos críticos del racismo en la actualidad, en ocasiones los pone del mismo bando de los racistas más furibundos.
Antologías como la que ha preparado la Editorial Caminos, que responde a las buenas relaciones del cristianismo y la izquierda latinoamericana con el Estado cubano, son también una manera de la desmemoria inducida. El fenómeno de la integración racial no debe pasar por el tamiz de las falsas celebraciones ni los apuntalamientos de los errores del pasado.
La esencia, lo trascendental en el problema negro en Cuba será sacar a la luz las torpezas y poder contar con el ánimo de todos para que sea una sola de una vez: raza y nación.











